Carlos II: Mi padre y mi madre, tío y sobrina, y yo tan normal

Imagínese un rey menor de edad, un niño raquítico, enfermizo, epiléptico, pálido, esmirriado y enclenque que apenas se tenía en pie. Un rey que no destacó por sus dotes intelectuales, sino por todo lo contrario, pues hasta los nueve años no aprendió ni a leer ni a escribir. Ahora, imagínese un imperio de unos veinte millones de kilómetros cuadrados, cuyos territorios están distribuidos por todo el planeta y cuya población es de lo más variada culturalmente (africana, amerindia, asiática, europea y el producto de la mezcla entre ellas). ¿Es posible que aquél rey fruto de la endogamia austríaca gobernara ese vasto imperio?

Territorios monarquía hispánica

Todos los territorios que alguna vez  dominó la Monarquía Hispánica. Fuente

Para los que aún no lo hayan adivinado, estamos hablando de Carlos II “el hechizado, último rey de la rama española de la Casa de Austria, que reinó entre 1665 y 1700. Y, al contrario que su padre, Carlos sí logró conservar la herencia recibida y dominar un imperio marítimo sin nunca ver el mar, porque nunca fue más allá de Burgos.

Ahora bien, teniendo en cuenta la persona descrita y la debilidad de la Monarquía Hispánica después de las guerras de religión, ¿cómo fue posible que los súbditos y los embajadores extranjeros mantuvieran el respeto a Carlos II?

Al contrario que hoy en día, en la Edad Moderna los reyes apenas se dejaban ver en la escena pública. Los monarcas sólo salían de palacio para asistir a misa y dar alguna limosnilla, ver la quema de herejes juzgados por la Inquisición, disfrutar de una corrida de toros o trasladarse a sus residencias de verano. Teniendo en cuenta que los reyes viajaban en coches de caballo cerrados y fuertemente escoltados, el que conseguía ver a la familia real podía sentirse igual de privilegiado que el noble más Grande de España y presumir por una semana en la taberna ante los parroquianos de turno.

Carlos II no idealizado

Retrato no idealizado de Carlos II. Fuente

Con esta situación, era fácil disimular las taras de Carlos. La imagen pública del rey se basaba en los retratos de corte en los que el pintor de confianza trataba de poner guapo a Carlos. Porque eso sí, también resultaba un poco feo a la vista. Las crónicas de su nacimiento y niñez continuamente hablan de la desproporción del cráneo y mentón, y de una nariz muy afilada, en definitiva, la herencia genética de los Habsburgo aumentada por la bonita tradición de casarse entre primos para conservar el patrimonio territorial dinástico.

Estas crónicas no eran más que las noticias de los embajadores a sus respectivos reyes, pues la información sobre un rey débil e incapaz era vital para planear la invasión de cualquiera de los territorios españoles, muy abundantes y deseados por aquella época. Sin embargo, la prensa amarillista cortesana de Madrid no se dedicó en sus libelos, panfletos y pasquines a menospreciar a Carlos II, sino a sus validos. Quién sabe si estos sátiros de la política respetaban en última instancia a la majestad del rey o bien tenían miedo a quedar marcados con un sambenito.

Retrato de Carlos II idealizado

Retrato de Carlos II idealizado.  Fuente

Pese a todo, la fragilidad del monarca debía disimularse, por ello se maquilla la imagen de Carlos en los retratos que se enviaban a todas las ciudades del Imperio y a las cortes extranjeras. En ellas, y puesto que la propia figura del rey no daba mucho de sí, hubo que desplegar las glorias de la dinastía y un amplio repertorio iconográfico. La diferencia salta a la vista comparando el retrato anterior con el siguiente, enviado a todas las cortes europeas para buscar pretendienta al joven príncipe.

El maquillaje consistía en rodear a Carlos de las grandes figuras de su familia, Carlos V y Felipe II, tatarabuelo y bisabuelo que conquistaron el continente americano “desconocido hasta entonces”, dominaron todo el orbe mundial a través de sus mares y sometieron las herejías en toda Europa. Cualquier cosa, ea.

¿Que Carlos nunca supo montar a caballo? Ningún problema, se utiliza de modelo a uno de sus pajes y después ya se le pintarán los rasgos del monarca. ¿Que el rey era débil? Pues se le rodeaba de leones y águilas. ¿Que el cráneo y el mentón eran desproporcionados y la nariz afilada? Pues se le pone un sombrerito encima de la larga cabellera, se le redondea la nariz y se le deja barba.

¿Que el joven rey nunca alcanzó ningún éxito militar? Bueno, a sus antepasados les sobraban, siempre era digno recordar la conquista y evangelización de los grandes imperios Azteca e Inca. ¿Que en alguna ciudad aparecía un conato de herejes? Se envía un paisaje holandés con las ciudades protestantes arrasadas por los tercios y a ver quién se atreve ahora a no rezar al dios verdadero. ¿Que había que buscarle esposa? Se representa a Carlos apoyado en muebles de lujo, con bonitos jarrones de la China y el Japón, con flores, y a ver qué dama europea se resiste.

La arquitectura efímera, es decir, los altares y retablos que se levantaban en las ciudades durante las fiestas locales y después se desmantelaban, hicieron referencia durante todo el reinado a que el trono era imperecedero, daba igual quién lo ocupara, pues la gloria estaba en la propia institución monárquica. Qué bonita forma de obviar la incapacidad de Carlos II cuando los grandes Habsburgo bien que se representaron como descendientes directamente del cielo.

Carlos II muere el 1 de noviembre de 1700 sin descendencia. ¿O acaso con sus condiciones físicas y psíquicas creías que podría engendrar a un hijo? Con él muere la rama española de la Casa de Austria y el Imperio español tal y como se le había conocido hasta ese momento. Lo que viene después con los Borbones, es otra historia.


Bibliografía

  • Deforneaux, M., 1983, La vida cotidiana en la España del Siglo de Oro, Argos VergaraBarcelona.
  • Mínguez, V., (21-4-2015), “La ocultación de Carlos II y la idea de belleza dinástica en la corte y el imperio del último Habsburgo”, Conferencia en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, Madrid.
  • Mínguez, V., 2006, “La representación de Carlos II en la Corte y el Imperio erguido, sentado, arrodillado, yacente. Claves iconográficas de la imagen del último Austria”, Atas do IV Congresso Internacional Do Barroco Ibero-Americano, pp. 692-705.
  • Sátiras políticas de la España Moderna (Introducción de Teófanes Egido), 1973, Alianza Editorial, Madrid.
  • Tuñón de Lara, M., 1989, La frustración de un Imperio (1476-1714), Labor, Madrid.

 

 

Daniel Galan Parraga

Graduado en Geografía e Historia por la Universidad de Jaén. Máster en Historia y Antropología de América por la Universidad Complutense. El rigor científico no debe llevar al rigor mortis.

3 Comments:

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  2. Disfruto mucho de la historia, y con esta página encontré lo mejor, saludos.

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