“De español y negra: mulato”. Las castas en la España colonial

ADVERTENCIA AL LECTOR: en este artículo se hablará de las castas con que la tradición popular ordenó la sociedad colonial en América. Pablo Iglesias, líder de Podemos, no tiene nada que ver con nuestro artículo.


“De español y negra, mulato”Así es como la brillante ilustración española observó cómo era la descendencia entre distintas etnias en América. Se ordenó a la gente en castas según el color de su piel. Pero, ¿de dónde viene esa loca idea?

El movimiento ilustrado supuso una  revolución en todos los ámbitos de la humanidad. La Ilustración buscó una nueva civilización, más moderna y más adaptada al hombre que a dios. Y eso se conseguiría a través del uso radical y sin prejuicios de la razón, en la que se había depositado una confianza ciega. La razón sería el único árbitro en la vida intelectual, política y social, y lo que ella no aceptaba era considerado engaño o superstición.

Razonar supuso dar el paso de “la Biblia como respuesta para todo” a la  explicación de las cosas mediante la observación, la experiencia y la demostración. Así nació el método científico. A partir de ese momento, los procedimientos físicos y químicos ofrecieron verdades simples y evidentes. Ello hizo posible mejorar la técnica y así, en definitiva y resumiendo, se hizo la vida más fácil al ser humano.

Ilustrados ilustrándose. Castas Fuente

Ilustrados ilustrándose. Fuente

La voz científica en aquellos momentos fue unánime al considerar muy beneficioso clasificar a las plantas para, entre otras cosas, elaborar manuales de medicina en base a sus beneficios. Pero como todo en la vida, siempre hay algún parroquiano de taberna que siente la imperiosa necesidad de quedarse por encima, y como la Ilustración siempre buscó principios y leyes generales que explicasen las vicisitudes humanas, un español dijo: “hay que clasificar a los seres humanos por su color de piel”.

Vale, es cierto. No necesariamente aquel ilustrado español estaría degustando vino, pero lo que sí debemos saber es que la sociedad española del siglo XVIII, especialmente en América, era multicolor. Hay que tener en cuenta que los dominios de la Monarquía hispánica se extendieron, desde el siglo XVI, por todo el orbe mundial y sobre todas las etnias habidas y por haber. Y pese a lo que se cree, la gente también viajaba en aquella época.

Los nativos americanos y los primeros conquistadores españoles vieron llegar al nuevo continente gente procedente del sureste asiático, de África y sobretodo de Europa. Todos se mezclaron con todos, y aquello no fue una cuestión que incomodara a la Iglesia -mientras los procreadores estuvieron bautizados y lo hicieron bajo el sagrado sacramento del matrimonio-. Los genes hicieron el resto, y la paleta cromática del pigmento de la piel en América tuvo una amplia gama de tonalidades entre el blanco más puramente europeo y el negro más oscuro de origen centro africano, pasando por el amarillo asiático y el rojo indígena americano.

Con esta variedad, era inevitable que a las cabezas pensantes más prodigiosas de la España de la época se les ocurriera clasificar a los súbditos del monarca por el pigmento de la piel. Aquellos intelectuales estudiaron multitud de enlaces matrimoniales interétnicos, con su respectiva descendencia. El resultado de esa investigación fueron las pinturas de castas.

Porque una imagen vale más que mil palabras, y porque sería un tremendo lío explicarlo, los ilustrados contrataron a algunos de los artistas más reconocidos de la época para realizar pinturas en las que se representara la casta de la descendencia de todos esos enlaces interétnicos. La muestra que ofrecemos a continuación pertenece a la obra de Miguel Cabrera (1695-1768), un pintor de Nueva España considerado como uno de los máximos exponentes del barroco virreinal.

Nótese, que si resulta difícil diferenciar el color de la piel de todas las castas en estas pinturas, imagínese en la realidad, porque no era cuestión de llevar los cuadros a cuestas para catalogar a la gente cada vez que te cruzaras con alguien.

Bromas aparte, estas pinturas poblaron los salones de cualquier ilustrado que se prestara a estar a la vanguardia de la ciencia. Porque no lo olvidemos, prever cómo sería la descendencia del matrimonio entre un español y una yndia, también era ciencia, pues la investigación estaba basada en la observación y la experiencia.

Algunas de las castas ya venían denominadas desde hacía tiempo por la propia tradición popular. Sin embargo, como la investigación no parecía tener fin, hubo que poner nombre a las castas más rebuscadas cuando el nuevo grupo étnico lograba tener una cierta importancia numérica. Y más importante, asignar un estereotipo a cada casta, porque si no, ¿qué clase de españoles seríamos?

Estas representaciones de las castas eran una idealización, por supuesto. La tonalidad podía diferir mucho más de lo que hemos visto en las imágenes. Las leyes de la genética no se iban a modificar así porque sí para que aquella mezcla multiétnica encajara a la perfección en el salón de un rico burgués. Y hablando de genes, Mendel bien habría podido explicar mejor sus leyes con la sociedad española colonial que con guisantes… Al parecer, él no leía Khronos.

Casta fue un concepto que no entonaba, por lo general, ninguna connotación negativa como sí lo implicó, un siglo más tarde, la palabra raza. Sin embargo, desde los primeros cruzamientos étnicos, la sociedad colonial fue construyendo ciertas barreras para el ascenso social de todo aquel que no fuera español puro (esta denominación es similar a la del cristiano viejo en la Península).

En los gremios, nadie que no tuviera una ascendencia completamente europea podría acceder a la posición de maestro. Aunque parece una cuestión compleja, no lo es. Los españoles puros eran proporcionalmente una minoría por lo que, limitando la maestría gremial, se reservaba un buen cupo de los beneficios de la actividad artesanal para los emigrados desde la Península. Y de paso se creaba una reserva de mano de obra barata y abundante; que siempre viene bien.

Bajo el beneficio económico, en los gremios se escondía la cuestión de la superioridad de aquellos que proceden de la Península sobre los grupos étnicos que habitaban América porque, en la época, no había más glamour que venir del reino de Castilla. Teniendo en cuenta que la Península ibérica es infinitamente más pequeña que las colonias americanas, cualquiera que habitara en Castilla o Aragón vivía muy cerca del rey y, por tanto, “lo conocía”. Eso, quieras o no, da postín. Aunque parezca una idiotez, es la misma muestra de incultura que cruzarte a un andaluz y decirle”¡ay!, seguro que eres gracioso. Cuéntame un chiste”.

A pesar de todo, el sistema de castas no fue adoptado oficialmente por la administración para estructurar la sociedad colonial, y las pinturas de castas no pasaron de ser una charla de ilustrados tomando café o chocolate. Pero sí que aparecieron una serie de ordenanzas a lo largo de todo el período colonial por las que los criollos, españoles puros, tenían reservadas las funciones más altas del Estado (siempre que pudieran permitírselo, pues había que pagar para acceder a dichos puestos, pero este es otro tema).

Los negros e yndios (y cualquier descendencia que tuvieran aunque fuese con españoles) no podían ocupar cargos en la administración del Virreinato, tenían prohibido el acceso a la universidad y no podían acceder a ciertos trabajos. De igual manera, los criollos no podían desempeñar trabajos típicos de los negros o los yndios como eran las plantaciones o el porteo. Sin embargo, aquella época fue de muchas cosas, pero sobre todo de pobreza, por lo que hasta el españolito más flamante tuvo que pringar, viéndose las reglas relajadas en este aspecto.

La mejor conclusión para este artículo nos la da el refrán “la vida no es blanca o negra, sino una escala de grises”, o en nuestro caso, la sociedad no es europea o india, sino mestiza, morisca, mulata, castina, barcina, coyote…


Bibliografía

  • Alvar, M., 1987, Léxico del mestizaje en Hispanoamérica, Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid
  • Ares, B. y Stella, A., (coords.), 2000, Negros, mulatos, zambiagos: derroteros africanos en los mundos ibéricos, CSIC, Sevilla
  • Bethell, L. (ed.), 1990, Historia de América Latina, Crítica, Barcelona
  • Katzew, I., 2004, La pintura de castas: representaciones raciales en el México del siglo XVIII, Tuner, Madrid
  • Ribot, L., 2006, Historia del mundo moderno, Rialp, Madrid
  • Twinam, A., 2009, Vidas públicas, secretos privados, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires

Daniel Galan Parraga

Graduado en Geografía e Historia por la Universidad de Jaén. Máster en Historia y Antropología de América por la Universidad Complutense. El rigor científico no debe llevar al rigor mortis.

Un comentario:

  1. José Blas Molina Soriano

    Los católicos creyeron necesario clasificar, los protestantes solo necesitaron distinguir entre lo que era blanco y lo que no lo era.

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