El camino de la deshonestidad. La corrupción desde Valencia hasta la Antigua Roma.

Gürtel, los ERE de Andalucía, Púnica, Papeles de Panamá, Noos, la familia Pujol o el Caso Bárcenas, la corrupción ha pasado a formar parte de nuestro día a día. No es de extrañar. Raro es el día en el que no se descubre que fulanito ha estado metiendo la mano en la hucha o que menganito, a quien le sobra el dinero, lleva años estafando a Hacienda. Seguro que si vendiésemos estas historias a Hollywood, no pasaría mucho hasta que produjesen una secuela de «corrupción en Miami» en nuestro país… y todo apunta a que daría para unas cuantas temporadas.

Cayo Verres utilizó su cargo político en la provincia romana de Sicilia para enriquecerse. Corrupción. Fuente.

Cayo Verres utilizó su cargo político en la provincia romana de Sicilia para enriquecerse. Fuente

Como cabría esperar, todas estas tramas de corrupción han acabado por despertar el espíritu filosófico del ser humano, que hacía ya tiempo que dormía el sueño de los justos. Y es que, con la que está cayendo, resulta inevitable hacerse la siguiente pregunta: caradura ¿se hace o se nace? Ahí queda el debate filosófico. Ahora bien, sí algo podemos afirmar con rotundidad es que la corrupción, por fortuna o por desgracia, no es algo exclusivo ni de España ni del siglo XXI. «En todas las casas cuecen habas» decía mi madre. ¡Qué razón tenía!

Viajemos pues a la antigua Roma. Siglo II a.C. Allí, un dramaturgo conocido como Plauto, en una de sus obras, describía así a la nobilitas –la nobleza–: «Lo sagrado lo confunden con lo profano, lo público con lo privado. ¡Su codicia es un pozo sin fondo! (…). Lo que no alcanzan con sus manos es lo único que respetan, lo único que dejan sin tocar. En cuanto a lo demás “roba, afana, escapa, escóndete”. Y a mí, al contemplar este panorama, se me saltan las lágrimas, por haber vivido hasta esta generación»(1). Justo en el clavo. Tal pudiera parecer un fragmento de uno de los discursos de Julio Anguita sobre la corrupción. Ahora imaginemos a cualquiera de nuestros ilustres gobernantes acariciándose la barba y hablando con uno de sus correligionarios sobre nuestro futuro: «Yo ahora voy a convocar en mi mente el Senado de mis pensamientos para deliberar sobre la cuestión monetaria; a ver a quién es mejor declararle la guerra, a quién voy a quitarle el dinero»(2). Una de dos: o ese tal Plauto era el Rappel de la época, o es que aprendimos demasiado bien el oficio de la corrupción cuando los romanos pasaron por la Península. Yo me inclino por lo segundo.

¿Y qué es lo que motivaba semejante comportamiento por parte de la denominada nobilitas? Cómo no: el dinero. Siempre el dinero. Bueno, en este caso, el botín de guerra. Éstos eran una especie de «Presupuestos Generales del Estado», pero que, en vez de estar sujetos a nuestros impuestos, dependían enteramente de la fortuna bélica de las legiones romanas. ¡Cuánto nos parecemos a los romanos! Y tanto… para lo bueno y para lo malo. Veamos algunos casos:

Operación Taula

Partidos políticos, obviamente, no había, y por lo tanto tampoco financiación ilegal de éstos, aunque sí que existían facciones políticas: unas conservadoras y otras populares. ¿PP y PSOE de la época? Quizá. Incluso existió una especie de Podemos entre el 133 y 121 a.C. cuando irrumpieron en la escena política los hermanos Graco. En cualquier caso, baste decir que para poder formar parte de la vida política en Roma era requisito sine qua non poseer una situación económica holgada. Desempeñar una magistratura no estaba remunerado, más bien al contrario, el propio magistrado, con su patrimonio, debía correr con los gastos inherentes a su magistratura. De hecho, se consideraba un honor ostentar un cargo público y éso era recompensa suficiente. Igualito que hoy en día, ¿verdad?

Región de Galacia. Fuente.

Región de Galacia. Fuente

Pero de honor no se vive, y tampoco era muy útil para ascender en la carrera política romana. Como he dicho, se necesitaba dinero… y prestigio. Sea. En el año 189 a.C., el cónsul Cneo Manlio Vulsón emprendió una guerra contra el pueblo gálata, en Asia Menor, sin tener para ello instrucciones del Senado. Por su cara bonita. Realizó así una larga marcha a través de las regiones interiores de Asia Menor sometiéndolas a metódicas extorsiones, de modo que las ciudades gálatas se veían obligadas a pagar grandes sumas de dinero para evitar que fueran saqueadas por las tropas de Vulsón. ¿Recuerdan las amenazas lanzadas por parte de la cúpula del PP valenciano a aquellos que se negaban a tomar parte en el asunto del «pitufeo»? Pues eso.

La Gürtel, Bárcenas y el borrado de archivos

Avancemos un poco. Entorno al 187 a.C., los tribunos de la plebe Quinto Petilio –ambos con el mismo nombre– presentaron una moción contra Lucio Cornelio Escipión  «a propósito del dinero recibido, llevado o recabado del rey Antioco y de sus súbditos, en la parte que no fue ingresada en el erario»(3); concretamente 500 talentos de un total de 3.000. Se le acusaba, por un lado, de haber recibido dinero del rey del Imperio seléucida para beneficio privado, esto es, lo que Cospedal respecto de Barcenas acertó a denominar como «pagos en diferido»; y por otro, de peculado o apropiación indebida de dinero público. O sea, financiación ilegal a la antigua.

corrupción Publio Cornelio Escipión, el Africano

Busto de Publio Cornelio Escipión, el Africano. Fuente

Como era natural en esos casos, se organizó una sesión en el Senado con el fin de esclarecer los hechos, de lo que parecía una trama de corrupción. En el transcurso de ésta salió en defensa de Lucio su hermano mayor, Publio Cornelio Escipión, el Africano, que lo había acompañado en la campaña de Siria en calidad de general. Publio, indignado, «después de mandar a su hermano Lucio que trajera el libro de cuentas, lo hizo trizas con sus propias manos a la vista del Senado» (4) e «invitó a su interpelante a que fuera a buscar lo que le reclamaba entre los trozos» (5). Así, con un par. De aquí debió de coger la idea el informático del PP cuando borró los ordenadores de Bárcenas. No obstante, y pese a ello, Lucio fue arrestado hasta que pagó una desorbitante multa.

Es más, el propio Africano se vio envuelto dentro de la trama de corrupción y fue acusado de «haber recibido dinero del rey Antíoco para hacer más favorables y moderadas las condiciones de la paz con el pueblo romano» (6). Se abrió así un proceso político que acabó por acusarlo de alta traición –perdullio– y colusión con el enemigo. En su juicio participó Tiberio Sempronio Graco, que salió en defensa de quien había sido su general en Asia, por lo que, pese a ser rivales en el plano político, le debía lealtad. ¿Recuerdan el «Luis, sé fuerte» de Rajoy a Bárcenas? Con todo, y anticipando quizá el posible desenlace del asunto del extesorero del PP, Publio no fue condenado, aunque se le quemó políticamente, por lo que se retiró a Literno, en la región de Campania, donde murió pocos años después.

Caso Púnica

Este es fácil. Marco Tulio Cicerón fue gobernador de la provincia de Cilicia, en la costa meridional de la península de Anatolia, entre el año 51 y 50 a.C. A su vuelta a Roma, el vanidoso político no pudo evitar alardear de lo bien que había llevado la contabilidad de la provincia. ¡Bravo! Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, ni toda la gente errante anda perdida. Mientras Cicerón disfrutaba de su regreso a Roma, el que había sido su quaestor(7), Lucio Mescenio Rufo, le escribió para comunicarle que había encontrado irregularidades en la contabilidad de la provincia. Y ahora, a lo David Marjaliza, a tirar de la manta.

corrupción Busto de Marco Tulio Cicerón. Fuente.

Busto de Marco Tulio Cicerón. Fuente

Quinto Volusio Cuadrato, prefecto de Cicerón, estaba interesado en hacerse adjudicatario de un contrato público. No obstante, la ley romana impedía a senadores y miembros de la administración romana beneficiarse de contratos públicos, intentando evitar la corrupción. ¿Cómo saltarse la ley a la torera? Sencillo: creando una sociedad y usando un testaferro u hombre de paja; en este caso, un empresario romano llamado Publio Valerio. Así sí. Ya no había ningún impedimento para que Cicerón les adjudicara el contrato. Pero el tiro les salió por la culata: Publio Valerio no disponía de liquidez suficiente para hacer frente a los costes del contrato. Así pues, como suele ocurrir en estos casos, el empresario romano empleó la técnica de Houdini y huyó a la vecina Galacia dejándoles todo el marrón a su asociado, Volusio Cuadrato, y a los garantes del contrato, Q. Lepta y M. Aneyo –miembros también de la administración de Cicerón–. Cicerón, preocupado por sus colegas, intentó traspasar las deudas de Valerio a Volusio con el fin de liberar a los garantes de toda responsabilidad y, acto seguido, anular las deudas de Volusio. No coló. Eran necesarias las dos partes para realizar el traspaso de deudas y, naturalmente, Valerio no tenía ninguna intención de dejarse caer por allí. Plan B: repercutir la quiebra del contrato de Valerio y Volusio sobre las cuentas públicas de la provincia. Es decir, inscribir la suma impagada del contrato en la contabilidad como deuda, de tal manera que las deudas de Volusio quedaban anuladas y no recaían sobre él, ni sus garantes, ninguna responsabilidad. Y ahora a otra cosa mariposa. Cambien Cilicia por Valdemoro, Cicerón por Granados y…

Visto lo visto, quizá lo único que podemos concluir de todo ésto sea lo que el perspicaz Plauto, una vez más, puso en boca de uno de sus personajes: «el pueblo ha aprobado infinidad de leyes contra vosotros, pero ley que se aprueba, ley que vosotros os saltáis a la torera; siempre encontráis alguna escapatoria. Para vosotros la ley es como el agua caliente: enseguida se enfría» (8). Touché.


Referencias

(1) Los tres centavos, 286-293. Tanto ésta como las siguientes citas son traducciones que se recogen en el libro Corrupta Roma de Pedro Ángel Fernández Vega.

(2) Epídico, 158-160.

(3) Liv. 38, 54, 3.

(4) Liv. 38, 55, 11.

(5) Pol. 23, 25, 9.

(6) Gel. 4, 18, 3.

(7) Encargado de supervisar los asuntos financieros del estado.

(8) Curculio, 509-511.


Bibliografía

  • Barwick Hodge, W., 1857, “On the rates of interest for the use of money in ancient and modern times”, The assurance magazine, and the journal of the institute of actuaries, pp. 301-333.
  • Bauman, R. A., 2005, Crime and punishment in ancient Rome, Routledge, Londres.
  • Brizzi, G., 2009, Escipión y Anibal. La guerra para salvar Roma, Ariel, Barcelona.
  • Fernández Vega, P. A., 2015, Corrupta Roma, La Esfera de los Libros, Madrid.
  • Ferrer Maestro, J. J., 2004, “El Triunfo, la Ovatio y el Botín. Escenografía romana del uso aprovechable de la guerra”, en Knippschild et al. (eds.), Ceremoniales, ritos y representación del poder, Universitat Jaume I, Castellón de La Plana, pp. 17-40.
  • Rosillo López, C., 2014, “Vigilar y castigar: publicanos, contratistas, senadores y otros defraudadores en el mundo romano”, en Marco Simón, F. et al. (eds.), Fraude, mentiras y engaños en el mundo antiguo, Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona, Barcelona. pp. 139-152.

Ibon Herrero Egia

Graduado en Humanidades por la Universidad de Deusto, Máster en Historia y Ciencias de la Antigüedad por la UCM y UAM. Interesado en las pequeñas historias de la historia.

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