Cristianos “suicidas” y mártires fanáticos ¡Dios es grande! ¡Sed testigos!

Si algo tememos hoy en día, son las actuaciones irracionales de radicales y fanáticos que arrojan su vida por Dios.
Se autodenominan mártires de una “guerra santa” en la que luchan contra herejes en el nombre de Alá. El término yihadismo hace que literalmente “nos meemos encima”. Hace que vivamos en un contexto de histeria generalizada, y que desconfiemos de todo aquel individuo que se ponga a rezar mirando hacia el Este (como si nosotros supiéramos donde está el Este…) o lleve una mochila negra más grande de la cuenta en un aeropuerto.

Pero, ¿nunca os habéis preguntado si el fanatismo religioso o los autosacrificios tuvieron cabida en la religión cristiana? ¿Cómo iban a inmolarse unos devotos de una religión donde se promulgaba la caridad, el amor al prójimo y perdonar a tus enemigos? Parece que el mensaje filántropo de Cristo, no casa con esta manía “kamikaze” de dejarse llevar por las emociones y qué de poco importe la vida. Aunque una vez más encontramos contradicciones en las Santas Escrituras:

“Felices seréis cuando os insulten y persigan… Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (1). “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar […]” (2).

Si “googleamos” un poco sobre el asunto, observamos cómo muchos de nuestros santos y patrones locales (esos que sacamos en andas en nuestras romerías y de paso nos bebemos algo a su salud) tienen un elemento en común: que ninguno “estiró la pata” de muerte natural, sino que fueron sometidos a cruentas torturas y horrorosas muertes. La explicación “oficial” canónica suele exponer que fueron objeto de persecución, condenados por defender el cristianismo y oponerse a participar en las exigencias de la religión pagana. Esta es la historia del obispo Procopio, que se opuso a realizar libaciones (derramar agua u otro líquido en ofrenda) por los cuatro emperadores y… fue decapitado (3).

Recientes investigaciones defienden que, la cifra de perseguidos han sido exageradas por la literatura cristiana, ya que el Imperio Romano no se preocupó en exceso por esta “amenaza” (4). Por lo que muchos sacrificios deben ser entendidos como una elección “racional”.

mártires Nerón

Representación de mártires perseguidos por el emperador Nerón. Fuente.

Los propios paganos de la época estaban desconcertados ante la “cabezonería” cristiana a cooperar en los cultos y festividades de la ciudad, aunque fueran amenazados con la tortura y muerte. Incluso se afirmaba que los cristianos parecían tener “un desprecio hacia la muerte”(5). Muchos han intentando explicar estos actos como claros síntomas de psicopatologías o de placer “sadomasoquista”(6); sobre gustos no hay nada escrito.

Romano, un mártir de Antioquía condenado a morir en la hoguera, atado en la estaca y con la madera apilada a punto de prender, exclamó :“¿Dónde está pues, el fuego?”; lo que le costó nuevas torturas (como que le cortaran la lengua)(7). ¿Qué se esconde detrás de la provocación a la muerte?

¿Quién dijo miedo a que te despedacen las fieras, si te espera el cielo?

Con el lapidamiento de San Esteban  (8) se abrió una nueva forma de concebir la Iglesia de Cristo, la Iglesia de los mártires, donde multitud de cristianos entregaron su vida a la “causa” (9). Descartada la explicación “sadomasoquista”, debemos buscar la lógica del martirio en la recompensa obtenida. El martirio significaba:

-Imitar al Mesías y evocar la pasión de Cristo; para alcanzar la vida plena, era necesario sufrir la muerte.

-Un segundo bautismo o “bautismo de sangre”; el sacramento último y definitivo para unirse a Cristo.

-Vencer a las Fuerzas del Mal. El mártir era concebido como un “soldado de Cristo” que luchaba contra el Demonio, que al igual que con Cristo en el desierto, le tentaba para abandonar su sufrimiento.

-Ingresar en una vía express hacia el Paraíso.

-Eternidad en el Cielo e inmortalidad en la Tierra. El mártir se convertía en objeto de devoción y admiración para el resto de la comunidad cristiana, y sus reliquias eran concebidas como milagrosas; tradiciones originales que se perpetúan en el tiempo, de ahí que el dictador Francisco Franco guardase la mano “incorrupta” de Santa Teresa de Jesús en su dormitorio.

Ahora bien, para que todo esto fuera posible, debía haber testigos. El propio término “mártir” proviene del griego “testigo”. ¡Alguien tendrá que contar lo que hicieron, no? Teniendo en cuenta que en esa época no había televisión, obtener un público testimonial no sería muy difícil. Así lo afirma Orígenes, que narra cómo miles y miles de espectadores animaban a los mártires en su lucha como si fueran atletas(10); aunque casi siempre el resultado era predecible.

Apóstoles que crearon tendencias mártires

Algunos pioneros en la “fenómeno” del martirio fueron los propios apóstoles, que dieron testimonio de la “fe verdadera” hasta la muerte. En los Hechos Apócrifos de Pedro, se nos muestra que una mujer de clase alta romana avisó a san Pedro para que huyera de Roma, ya que iba a ser condenado y ejecutado. Pedro cedió a la súplicas de sus fieles, se disfrazó y salió de la ciudad. En plena huida se encontró “casualmente” con el Señor entrando por la puerta de Roma y le dijo: “¿Quo vadis?”, Cristo respondió que iba a Roma a ser crucificado. Pedro, feliz por conocer su destino, volvió a Roma (11) aceptando su sino, y fue crucificado como el Mesías, aunque con la cabeza hacia abajo, por su propia voluntad.

En el caso de san Pablo, pasó varios años arrestado en Cesárea Marítima hasta que fue transportado a Roma, donde pasó otro tanto tiempo en libertad vigilada, a la espera del veredicto del César. Por lo que se afirma que Pablo podría haber evitado su muerte retractándose (12).

Dos de las figuras más admiradas de los años 60 del siglo I murieron defendiendo su fe, aunque se apunta a que pudieron evitar su destino. Además, teniendo en cuenta la extensión del Imperio Romano, y la inexistencia de programas como Equipo de Investigación, alguien tuvo que “correr la voz” de tales hazañas. Ahí es donde entraron en juego, toda una serie de escritores propagandísticos cristianos, encargados de “retransmitir” y ensalzar en sus obras el martirio (13).

Mártires san Pablo y san Pedro

Decapitación de san Pablo, por Enrique Simonet. Fuente. Crucifixión de san Pedro, por Luca Giordano. Ambos mártires. Fuente.

¡Ni se os ocurra salvarme la vida! ¡Me ha costado lo mío que me condenen!

Como hoy en día ocurre con programas dónde acuden catedráticos de fisioculturismo, los “modelos” culturales siempre han creado tendencia entre sus espectadores. En consecuencia, el fenómeno mártir se extendió entre las comunidades cristianas, siendo muchos los que captaron sus “beneficiosas” ventajas. Multitud de mártires “potenciales”, habían esperado ansiosos preparándose durante mucho tiempo hasta que llegara su “bautizo de sangre”, por lo que nada podía “salir mal” en su momento de gloria. Así lo muestra en sus cartas, el obispo Ignacio de Antioquía; arrojaba felicidad y alegría ya que tenía una cita con la “inmortalidad” y apuntó en reiteradas ocasiones que no temía a la muerte en el circo, sino a que algunos cristianos pudieran interferir en su voluntad de ser ejecutado (14).

Paradigmática también es la historia de san Antonio Abad (15), que acudió desde su retiro en el desierto a observar la ejecución de algunos mártires de Egipto. El alboroto de los desenfrenados monjes ascetas hizo que los jueces prohibiesen su presencia durante los ajusticiamientos; pero san Antonio deseaba ansiosamente sufrir el martirio, por lo que desobedeció la orden para que lo condenaran. El final de esta historia es triste, ya que san Antonio fue ignorado por el juez y no pudo ser ejecutado, por lo que volvió a la soledad de su celda, donde murió, lleno de tristeza en la inmundicia,  a los 105 años.

Autopista al Paraíso

Esta filosofía del “martirio voluntario” consistía, sobre todo, en provocar a las autoridades pertinentes para ser condenado a muerte, para conseguir un pase “VIP” en el Cielo.  En este contexto, encontramos el testimonio del procónsul de Asia, Antoninus, que afirma que una masa de cristianos se acercaron a un tribunal sin ser denunciados para autodenunciarse y pedir ser condenados a muerte. Aunque Antoninus castigó al suplicio a algunos, otros no tuvieron la misma suerte y les increpó: “Desgraciados, si vosotros queréis morir, tenéis abundantes cuerdas y precipicios” (16).

Las autoridades paganas condenaban a muerte a sus enemigos religiosos, por lo tanto, algunos grupos cristianos optaron por caminos más inmediatos:

-Los patricianos, que despreciaron el cuerpo físico, entendido como una creación del diablo, aceptaron el suicidio como salida hacia la inmortalidad (17); cada cual interpreta el Genésis a su manera.

-Los donatistas africanos, que ansiosos por alcanzar el martirio se arrojaban por precipicios o al fuego, al grito de Deo Laudes (“alabado sea Dios”) (18).

¿Por qué tocas los ídolos? ¿Por qué tocas?

Sin embargo, la gran mayoría cristiana insistió en la provocación a la autoridades. ¿Y qué mejor forma de provocar, que romper ídolos de dioses ajenos? La propia jerarquía eclesiástica hispana del siglo IV, así lo castiga en el concilio de Elvira (19).

“Si alguno destroza los ídolos o es ejecutado allí mismo, se acordó que no se le incluya en el número de los mártires, puesto que no está escrito en el Evangelio ni se hallará que se haya actuado así alguna vez en tiempos de los apóstolos” (20).

justa y rufina mártires hispalenses

Las mártires hispalenses Justa y Rufina, por Francisco Goya. Fuente.

Como resultado, encontramos el testimonio de las hermanas hispalenses Justa y Rufina. Las santas eran alfareras y se les solicitó que entregaran una ofrenda para el culto a Salambó-Adonis (21) (probablemente unos tiestos para plantar en los “jardines de Adonis”).

Las hermanas no sólo se negaron, sino que comenzaron una “pelea de chicas”, con el resto de mujeres asistentes, para acabar derribando el ídolo procesional. Teniendo en cuenta que las Adonias se celebraban entre el 17 al 19 de julio (en pleno verano), en Hispalis (Sevilla)… podemos imaginar a unas señoras agotadas que van en procesión descalzas, a 40º de temperatura media, y van Justa y Rufina y le rompen el ídolo…  el ánimo era de esperar. Tras este acto fueron escoltadas por numerosos centinelas (para el evitar linchamiento del pueblo hostil que clamaban su muerte) ante el gobernador que exigió la participación forzosa en los actos rituales y la muerte (22). Finalmente, según la tradición cristiana, tras sufrir multitud de torturas, una murió de hambre encerrada en una celda y otra fue decapitada y quemada.

¿Suicidio o martirio?

Debido a tales excesos, San Agustín fue especialmente crítico en su condena de aquellos que se suicidaban y buscaban el martirio (23); el hombre habría hecho números y sería consciente que a este ritmo, las cifras de cristianos no cuadrarían…

En definitiva, observamos como el fanatismo religioso pudo estar presente (aunque con métodos diferentes, la finalidad era igualmente conseguir el Paraíso), en los orígenes de la propia religión en que fuimos bautizados. Indiferentemente de la religión que cada uno profese, debemos condenar la violencia y las acciones fanáticas cometidas en cualquiera de sus formas. Sin embargo, afortunadamente estas exhibiciones de fe cristiana han dejado de usarse, ahora lógicamente abogamos por otras mucho más racionales y acordes a nuestro siglo, como: llegar virgen al altar, mantener relaciones conyugales sólo con el fin de procrear o estar en la obligación de tener hijos si la mujer está encinta; estén a favor o en contra, nadie puede cuestionar que estas formas de llegar al Paraíso son preferibles a ser carne de leones en el circo.


Referencias

(1) Mt., 5, 10-12.

(2) Mt., 10, 28.

(3) Eus., M.P., I. 

(4) Sobre todo en los primeros siglos desde su surgimiento.

(5) Distinguido médico griego de los emperadores romanos.

(6) Riddle, 1931, p. 64.

(7) Eus., M.P., II

(8) Considerado el primer “protomártir” o primer mártir de la Iglesia cristiana.

(9) Si bien, en el propio judaísmo puede rastrearse el sacrificio como defensa de la causa, como en el caso de los macabeos.

(10) Origenes, Mart., 18.

(11) Hechos de Pedro, 35 [6].

(12) Stark, 2009, pp. 170-171.

(13) Tertuliano, Orígenes y Cipriano principalmente.

(14) Ign., Rom., I, 2; II, 2; IV, 1.

(15) Ath. Al., V. Anton., VI.  

(16) Tert., Ad Scap., 5, 1.

(17) August., De haeres, 61-62.

(18) August., Ep., 88, 8.

(19) Si algo es regulado, penado o legislado se intuye que se debe a que ya se hayan producido acciones de este tipo previamente.

(20) Canon 60 del Concilio de Elvira.

(21) Culto pagano mistérico de origen oriental. Parece que en la procesión de las Adonías las encargadas de sacar en procesión al ídolo, eran mujeres que caminaban descalzas.

(22) La obligación de participar en el culto, es sinónimo de restaurar el sacrilegio religioso y con la comunidad donde se había cometido.

(23) August., D. Civ. D., I, 22, 1.


Bibliografía

  • Aguirre, R., 1995, “La persecución en el cristianismo primitivo”, (coord.) Hernández Délgado, I., I Congreso Trinitario Fe, Cautiverio y liberación, Granada.
  • Aja Sánchez, J. R., 1999, “Gaza, Sozomeno y los mártires cristianos de la época del emperador Juliano”, POLIS. Revista de ideas y formas políticas de la Antigüedad Clásica, nº 11, pp. 7-34.
  • Amador Rivera, G. H., 2015, “Suicidio: consideraciones históricas”, Miscelánea, pp. 91-98.
  • Bowersock, G. W., 2010, Martyrdom and Rome, Cambridge University Press, Cambridge.
  • Castillo Maldonado, P., 1999, Los mártires hispanorromanos y su culto en la Hispania de la Antigüedad Tardía, Universidad de Granada, Granada.
  • Fernández, G., 1984, “Causas y consecuencias de la gran persecución”, Gerión, nº 1, pp. 235-247.
  • Hamman, A. G., 1998, El martirio en la antigüedad cristiana, Biblioteca Catecumenal, Bilbao.
  • Iraburu, J. M., 2003, El martirio de Cristo y los cristianos, Fundación Gratis Date, Pamplona.
  • Marco Simón, F. et al., 2009, Formae mortis. El tránsito de la vida a la muerte en las sociedades antiguas, Universitat de Barcelona, Barcelona.
  • Riddle, D. W., 1931, The Martyrs, a study in social control, The University of Chicago Press, Chicago.
  • Ropero Berzosa, A., 2010, Mártires y perseguidores. Historia general de las persecuciones (siglos I al X), Clie, Barcelona.
  • Rosell, S., 2006, “Amar a Dios… hasta la muerte: El testimonio de los primeros cristianos”, Seminario Evangélico Unido de Teología, pp. 11-23.
  • Stark, R., 2009, La expansión del cristianismo. Un estudio sociológico, Trotta, Madrid.
  • Spléndido, M., 2009, “Los esclavos cristianos frente al martirio: una lectura del fenómeno desde las actas martiriales de fines del siglo II d.C.”, Cuadernos de Teología, vol. 28, pp. 207-224.
  • Universidad de Oviedo, 1983, Paganismo y cristianismo en el occidente del Imperio Romano. Memorias de Historia Antigua, Universidad de Oviedo, Oviedo.

Rubén Montalbán López

Director de este ambicioso proyecto. Graduado en Geografía e Historia por la Universidad de Jaén y Máster en Historia y Ciencias de la Antigüedad por la UCM y UAM. Interesado en la Historia de las Religiones, en especial, en épocas de conflictos religiosos, y apasionado de la Historia Social, debemos dar voz a los Sin Voz.

4 comentarios:

  1. Genaro González

    Exelente información, me gusta de mucho la lectura que ofreces.
    Saludos cordiales.

  2. Raúl Martinez Diaz

    Buen trabajo,bien logrado;aunque espinoso el tema,me parece interesante que lo abordaran .
    Exitos y felicitaciones,saludos desde Colombia

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