¿De verdad quemaba la Inquisición a tanta gente? Si tu suegra es una bruja, denúnciala y nosotros la quemaremos. CSI (Consejo de la Suprema Inquisición)

¿Quién no se ha planteado alguna vez acusar a su vecina de brujería por echar la tarde? ¿Quién no ha quedado con sus colegas algún día para ver la quema de brujas en la plaza del pueblo? ¿Quién no ha disfrutado de una tarde de torturas en la Casa de la Inquisición, un cálido domingo de verano? Seamos sinceros, todos hemos pecado de ello en alguna ocasión.

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Escena de Inquisición. Goya. Fuente

El asunto de la Inquisición y las brujas está más que claro: ellas hacen brujerías, ellos se pasan el día persiguiéndolas… todo el día corre que te corre y al final, a la hoguera con las brujas y una copita de vino con los colegas inquisidores en el bar de la plaza, al calor de los últimos rescoldos de los fuegos. Y eso un día y otro día; total, los pobres inquisidores estresados pero satisfechos del trabajo bien hecho. ¿O no?

El mundo de final de Edad Media y principios de la Edad Moderna, allá por el comienzo del siglo XVI de nuestra era, poco más o menos cuando la existencia de América llega a oídos de los europeos, era sin duda difícil y hostil. Un año que otro las lluvias no llegaban y las cosechas eran malas, para una población que comía casi estrictamente lo que la tierra producía. El año en que la fortuna traía buenas cosechas, después de rezar como católicos ejemplares y mover de acá para allá y de allí para aquí el patrón del pueblo, como locos, una buena noche los lobos se llevaban medio rebaño. Y todo ello cuando no tocaba guerra, que el señor de turno viniera a subir unos impuestos ya impagables o que una epidemia, que nadie sabía de donde salía, acabase con un tercio de población.  Las cosas de la vida, que sin duda no eran fáciles…

Ante tal maremágnum de problemas, alguien, sin duda, debía pagar los platos rotos, y puesto que ya no quedaban judíos en la Península, desde que los Reyes Católicos les “enviasen a comprar tabaco”…  ¿Quién podría ser mejor que los brujos? Esos adoradores del demonio que andaban hechizando a diestro y siniestro al primero que se cruzaba en su camino. Ciertamente, gente de poca vergüenza y menos oficio, con tiempo libre para hechizar y adorar diablos; como si no tuvieran bastante con los trabajos de sol a sol y los rezos al dios verdadero.

La histeria colectiva es pues, el origen mismo de la aparición de los brujos. De hecho, el caso más famoso ocurrido en la España Moderna, el de “Las Brujas de Zugarramurdi”, que se popularizaron por la película del mismo nombre de Alex de la Iglesia, respondió precisamente a este tipo. Sin embargo, la imagen que se nos muestra de ellas no siempre fue la misma. La extendida creencia en las brujas en el norte peninsular, señalaba a mujeres con conocimientos que ponían al servicio de sus vecinos; no a grandes aquelarres que conspiraban contra el mundo.(1) La visión de estas brujas tradicionales fue cambiando en el norte de la Península, en parte tras la gran expedición contra las brujas llevada a cabo en 1609 en el sur francés, donde el inquisidor Pierre de Lancre condenó a ser quemados a 80 brujos.(2) Además, por toda Europa comenzaron a aparecer manuales de magia y manuales de defensa mágica, digno todo de Harry Potter, que extendían la idea de la existencia de estas(3); destacando el Malleus maleficarum o “Martillo de las Brujas” en el que se condena a muerte a los practicantes de magia, señalando en particular a la mujer como principal sospechosa.(4)

La campaña contra las brujas al otro lado de la frontera, despertó la curiosidad de los inquisidores vascos que, para no ser menos, anduvieron indagando por sus territorios en busca de alguna que otra bruja. La búsqueda no resultó muy fructífera, sin embargo, pronto comenzó a extenderse, como una epidemia, las sospechas de brujería por parte de los vecinos. Si tenías la mala fortuna que la vaca de tu vecino muriera el día después de la trifulca por las lindes, ay amigo, la acusación de brujería estaba servida. Así pues, las acusaciones empezaban a llegar a la Inquisición, por meras suposiciones de gente aburrida, que acusaba “sin ton ni son”; y poco necesitaba la Inquisición para arrestar a quien fuera menester y sonsacarle a su manera una confesión, sin necesidad de acusación formal.(5)

El asunto de las denuncias, ya turbio de por sí, si tenemos en cuenta que lo primero que te preguntaban en el interrogatorio era el nombre de otros brujos de tu aquelarre, se volvió un disparate absoluto; más ante el secretismo que siempre acompañó a la Inquisición y bajo el extendido conocimiento de que la institución contaba con toda una extensa red de “familiares del santo oficio”, que le servía de auténtico servicio de inteligencia.(6) Las acusaciones se extendieron, y llegaron a tomarse confesiones de niños y ancianos seniles, que contaban sueños y fantasías sin fundamento(7); en muchos casos creencias mitómanas, mentiras que llegaban a interiorizarse de escucharlas una y otra vez en su entorno.(8) Para colmo de males, en 1611 los inquisidores proclaman un “edicto de Fe”, por el que aquellos que se acusaran a sí mismos de brujería, recibirían penas menores(9); fuera por masoquismo o por prevenir, muchos se acogieron al edicto y las acusaciones se multiplicaron por miles.

Entre unas razones y otras: los que buscan brujas, los que acusan a los vecinos y los que se acusan a sí mismos; al final las cosas acabaron desbordándose, ahora todo el pueblo resultaba ser brujo, así que la histeria colectiva hizo que el campesinado se saltase la burocracia de la Inquisición y pasara directamente a la acción. De repente, la locura fue incontenible. Bastaba con que te acusaran de brujería para que los vecinos, que al parecer estaban menos ocupados de lo pudiera parecer, se echaran a la calle dispuestos a acabar con los males del pueblo, a sangre  y fuego, matando y torturando a sus vecinos, a los que tiraban piedras, quemaban sus casas o tiraban al río en pleno invierno… rencillas vecinales, de toda la vida.(10)

En tales circunstancias, la Inquisición se vio obligada a intervenir. Conscientes de que se trataban de acusaciones infundadas, exigían que se demostrasen los delitos de los que se acusaban a los brujos, realizando tres interrogatorios antes de aplicar justicia;(11)destaca en particular la comprobación con un cuestionario sobre la veracidad de las visitas a los aquelarres en que se reunían, que resultaban inverosímiles a la luz de la mera lógica(12). Además, rechazaban las acusaciones de niños y de otros que confesaban ser brujos y acusaban a compañeros de aquelarre.(13) Asimismo se instaba a no confiscar los bienes de los acusados y a castigar las falsas acusaciones, para evitar que nadie tuviera incentivos para ello.(14)

Así pues, y por raro que nos pueda parecer, “la Inquisición fue la salvación de miles de personas acusadas de un crimen imaginario”(15); no solo no ajusticiaron, sino que salvaron a miles de personas a las que la histeria del pueblo hubiera condenado a muerte.


Referencias

(1) Caro Baroja, 1966, pp. 310-311

(2) Henningsen, 2010, p. 42

(3) Torquemada, 2010, p.  661

(4) Kramer y Sprenger, 2005, pp. 12 y 54

(5) Ceballos, 2012, p. 58

(6) Henningsen, 2010, pp. 65-66

(7) Perez, 2010, pp. 224-227

(8) Caro Baroja, 1966, pp. 310-311

(9) Perez, 2010, pp. 222-224

(10) Pérez, 2010, p. 224

(11) Henningsen, 2010, p. 69

(12) El tribunal tras conocer, mediante la confesión bajo tortura,  el lugar en el que se realizaría la siguiente reunión de brujos y brujas, enviaba a un alguacil a vigilar el lugar, pudiendo comprobar este que allí no se reunía nadie. Se trataba por lo tanto de un invento por parte del acusado de brujería.

(13) Pérez, 2010, pp. 197-199

(14) Caseda, 2007, p. 306

(15) Henningsen, 2014, p. 145


Bibliografía

  • Caro Baroja, J. (1966), Las brujas y su mundo, Alianza Editorial, Madrid.
  • Caro Baroja, J. (1994), El señor inquisidor, Alianza Cien, Madrid.
  • Caseda Teresa, J. F. (2007), “Brujas e inquisición en Calahorra: una historia poco conocida” Kalakorikos 12, pp. 301-310.
  • Ceballos Gómez, D. L. (2012), “Política, heterodoxia e Inquisición” Historia y Sociedad 22, Medellín Colombia, pp. 51-72.
  • Henningsen, G. (2014), “La inquisición y las brujas” eHumanista 26, pp. 133-152
  • Henningsen, G. (2010), El abogado de las brujas. Brujería vasca e Inquisición española, Alianza Editorial, Madrid.
  • Kramer, H. y Sprenger, J. (2005), Malleus Maleficarum, Orión, México.
  • Pérez, J. (2010), Historia de la brujería en España, Espasa, Madrid.
  • Torquemada Sánchez, M. J. (2010), “¡Esto es cosa de brujas!”, Cuaderno de Historia del Derecho, Vol. Extraordinario, pp. 659- 676

José Antonio Aranda García

Graduado en Geografía e Historia en la Universidad de Jaén y Máster en Historia y Ciencias de la Antigüedad en la Universidad Complutense y la Universidad Autónoma de Madrid. Humilde historiador y ávido consumidor de aprendizaje; editor de este gran proyecto. Interesado en la historia social y las historia de las religiones; donde se encuentran razón y sentimiento del individuo.

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