Rompiendo un país a tirones: lucha de poder en la República Democrática de Afganistán

Cuando nos hablan de Guerra Fría tendemos a pensar en la Europa del Este o en la Crisis de los Misiles cubanos, pero hubo una nación a la que este conflicto afectó sobremanera y cuyas consecuencias son palpables en nuestros días: es el caso de Afganistán. Este país asiático fue víctima de un cruento imperialismo que llevó a cabo justamente quien, de forma supuesta, luchaba contra él: la Unión Soviética, que trató de implantar un régimen que simpatizase con el “gigante rojo”.

Las terroríficas cifras a nivel social (1) que mostraba Afganistán en los 70s, no solo impresionan al lector actual; los soviéticos también se alarmaron ante la pobreza de una “nación hermana” en sus propias fronteras. Pese a mantener una amigable relación con el gobierno del momento, sembraron la semilla de la disensión marxista en los jóvenes oficiales que viajaban a Moscú para realizar su proceso de instrucción. Estos militares conformaron el tronco del movimiento socialista en Afganistán que, en contra de lo que puede pensarse hoy día, tenía una gran fuerza y caló mucho en la sociedad, sobretodo en Kabul. Pero los soviéticos no hicieron esto tan solo por caridad, la situación estratégica del país y sus riquezas mineras resultaban muy atractivas para el Kremlin.

La caída del príncipe dictador

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Daud, príncipe y presidente de Afganistán. Fuente

Entonces, Afganistán estaba gobernada por el príncipe Mohammed Daud Khan (de aquí en adelante, Daud), primo del rey, al que había derrocado (2). Su república presidencialista destacaba por un alto grado de autoritarismo, Daud se había convertido en un dictador. Con su Partido Revolucionario Nacional (PRN) agrupó a todas las fuerzas progresistas del país e inició un proceso de liberalización de la economía, manteniendo buenas relaciones con Estados Unidos y con la Unión Soviética.

‘Me siento muy feliz cuando puedo encender mis cigarrillos estadounidenses con cerillas soviéticas’  Daud

Los amigos de Moscú en Afganistán, agrupados en torno al Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA), quedaron excluidos del nuevo camino que había emprendido Daud y plantaron cara al régimen en todos los campos posibles. Viendo que la vida de las masas no mejoraba, el PDPA instigó una serie de levantamientos campesinos en diversas partes del país y el Kremlin comenzó a abastecer de armamento pesado de forma ilegal a determinados oficiales de ideología marxista. Daud estaba decidido a acabar con el problema que resultaban ser los comunistas. Mandó el asesinato de  Khyber, editor del periódico socialista Parcham, una persona muy carismática; en su funeral hubo miles de personas y entonaron cánticos en contra del gobierno, al que tachaban de títere de Estados Unidos y del Sha de Persia. Atemorizado por este acto, Daud comenzó a arrestar a los líderes del PDPA.

La situación empeoraba por momentos y cuando uno de los líderes socialistas se encontraba retenido en su casa, realizó una llamada a los oficiales socialistas que pronto se coordinaron e iniciaron un levantamiento militar. Daud se encontraba en una reunión con su gabinete cuando un guardia le pasó una nota, “Tanques en la puerta”. Tras un breve tiroteo entre la guardia presidencial y los militares, un grupo de oficiales entró en la sala donde se encontraba el Gabinete y ametralló a la Familia Real, incluyendo al propio Daud.

Al conocerse el golpe perpetrado por el PDPA, las calles de Kabul se llenaron de multitudes que ponían flores en los tanques y  fusiles de los soldados que celebraban la caída de Daud. La revolución trajo consigo una república socialista; se nombró presidente a Taraki, un hombre que gozaba de gran popularidad en el país.

“Ahora estamos orgullosos de que el gobierno haya cambiado de la clase de los explotadores a la clase del pueblo que era explotado. Y en el gran nombre de esa misma clase, levanto la bandera nacional como fuerte símbolo de ese cambio”   Taraki

Cambiando de jefe de estado con demasiada frecuencia

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Sello conmemorativo del cuarto aniversario de la Revolución de abril. Fuente

La joven república de izquierdas inició un lento proceso de reformas, que destacaron por su radicalismo en un país que prácticamente se había estancado en la Edad Media: laicismo, sindicatos, salario mínimo regulado por ley y derechos de la mujer. Todo esto fue muy importante en Kabul y sus alrededores, pero apenas se implantó en otras zonas del país más allá de las grandes o medianas urbes.

Taraki viajó a La Habana en 1979 al ser convocado el Movimiento de Países No-Alineados. Allí, un agente soviético se acercó para decirle que en su ausencia, el primer ministro, Amin, había ordenado fusilar a varios oficiales. Taraki volvió a Kabul con presteza, donde se reunió con Amin, con el resultado de un tiroteo entre los dos grupos. El presidente fue arrestado y posteriormente asfixiado con una almohada; Amín conseguía así el poder. Su gobierno destacó por su brutal represión dirigida tanto contra comunistas como contra islamistas. En materia internacional se aisló de las grandes potencias y comenzó a pactar con señores de la guerra de las zonas más montañosas del país, afianzando así su poder en el interior. Asesinó a miles de clérigos aumentando el radicalismo y ganándose a pulso la hostilidad contra el socialismo.

“¿Acaso Stalin hizo la revolución con guante blanco?”   Amín

Cuando Rusia pasó de aconsejar en la sombra a dar palos

Los soviéticos estaban perdiendo el control de la situación y rápidamente trazaron un plan para asesinar al nuevo dictador, la llamada Operación Tormenta, que consistía en envenenarlo durante un banquete con las autoridades soviéticas. Sin embargo, unos médicos que no estaban al tanto del plan le salvaron in extremis, lo que hizo que unos comandos soviéticos tuvieran que abatirlo a tiros. Pese a la rudeza con que se había llevado a cabo, el plan funcionó y la Unión Soviética comenzó a ocupar Kabul. Con el apoyo de más de cien mil soldados soviéticos que invadieron Afganistán, se nombró presidente a Karmal, un político fácilmente manejable por el Kremlin.

Ante esta situación, los religiosos encabezados por los muyahidines (guerreros santos) y la oposición nacionalista, se alzaron en armas contra la Unión Soviética y comenzó la guerra civil afgana.


Referencias

(1) La gente de Afganistán es muy pobre, muchos no tienen acceso a lo más básico. En la mayoría de las zonas del país no hay luz y el agua tiene que extraerse de un pozo colectivo, si es que aún no se ha secado. Las cifras de 2004 señalan que el 34% de la población mayor de 15 años no sabe leer ni escribir y el analfabetismo se dispara en las mujeres, aunque los hombres no se quedan muy atrás; el 40% de los niños afganos sufren de desnutrición y la esperanza de vida es de 60 años, menor que en India o Pakistán. Pero no es el peor momento del país asiático, hubo un tiempo  no muy lejano en el que la vida era mucho peor; en la década de los 70 casi el 99% de la población afgana era analfabeta, la mitad de los niños morían antes de los cinco años y la esperanza de vida era de 40 años.

(2) En 1973.


Bibliografía 

-Borer, D. A., 1999, Superpoderes derrotados: comparación entre Vietnam y Afganistán, Cass, Londres.

Ponfilly, C., 1985, Los Mujahidines, invasión Soviética a Afganistán, San Martin, Madrid.

-Nadra, R., 1980, Afganistán desde Afganistán, Fundamentos, Buenos Aires.

J. Gabriel Jiménez López

Nacido en Melilla. Estudiante de Historia en la Universidad de Granada. Me interesa la historia contemporánea del Magreb y Próximo Oriente en general y del Islam en particular. josegaJLHM@gmail.com

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