Liberté, Egalité et ¿Fraternité? La masonería y su papel en la Revolución de 1789

La masonería ha sido, y es, una de esas cuestiones que siempre ha obsesionado al viejo continente. El aura de secretismo y misterio que parecía envolver a la Orden la hizo sujeta de las más diversas críticas y acusaciones. Pero de entre todas ellas, sin duda, la que más discrepancias y debates suscitó fue aquella que la relacionaba, directa o indirectamente, con la caída del viejo orden. Desde muy pronto, un rumor tenaz y persistente aseguró como, desde el oscuro amparo de sus Templos, los masones habían desencadenado la gran revolución que procuró la caída de los reyes y el sacrificio de la religión en pos del “despotismo nacional”. Estas teorías, aunque arcaicas y abandonadas ya por los historiadores, subsisten no obstante en la actualidad, si no como ideas establecidas, al menos sí como rumores o mitos extendidos entre la sociedad. Pero, ¿qué hay de cierto ellas? ¿Puede afirmarse, con rotundidad, que fueron los masones los autores de la Revolución? ¿O simplemente fueron el flanco de las críticas de un viejo orden que vio en aquellos días perder su histórica hegemonía?

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“Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, aprobada por la Asamblea Nacional Constituyente francesa el 26 de agosto de 1789, coronada por el Ojo de la Providencia masón. Fuente 

iniciación logia masonería

Ritual de iniciación en una “Logia de adopción”. Tal fue la fama de la masonería, que pronto las mujeres de los grandes señores se sintieron atraídas por ella. En 1775, la duquesa de Borbón, hermana del duque de Chartres, asumía el cargo de Gran Maestra de la masonería francesa. Fuente

Empecemos por el principio. En Francia, la masonería fue establecida oficialmente en 1725, aunque podría documentarse su origen con la llegada de logias y regimientos de escoceses e irlandeses fieles al depuesto rey Jacobo II de Inglaterra (1688), exiliado en ese tiempo en Saint-Germain-en-Laye. Desde entonces, multitud de logias comenzaron a proliferar por el territorio galo, constatándose para 1772 la existencia de al menos 164 de ellas. No obstante, durante aquellas primeras décadas, la masonería francesa sufrió un serie de crisis y disputas doctrinales en las cuales se vieron enfrentadas las distintas ideologías existentes. Esta situación de clara decadencia pudo ser en gran medida paliada tras la formación del Gran Oriente de Francia en 1773, el cual logró federar, organizar y codificar un numeroso conjunto de estructuras masónicas bajo un solo cuerpo. A partir de entonces, y bajo la titularidad del duque de Chartres, la masonería gala iniciaría una etapa de crecimiento sostenido que llevaría al gran maestre a controlar más de mil logias y treinta mil masones hacia 1789 (1). Nunca antes la francmasonería francesa había gozado de tanta “popularidad”. Tal fue el brillo y la pompa de la organización en aquellos años, que incluso emergieron las primeras logias femeninas.

 

 

Luis Felipe II de Orleans masonería francesa

Luis Felipe II de Orleans, más tarde conocido como Felipe Igualdad, fue nombrado Gran Maestre de la masonería francesa en el año 1773. Partidario de la Revolución, acabó guillotinado a manos de los jacobinos en 1793. Fuente

Extendida en sobremanera, la masonería no era pues secreta ni oculta en la Francia pre-revolucionaria, “por la sencilla razón de que aquí todo el mundo es masón” (2); y tampoco sus quehaceres guardaban misterios ¡ni siquiera para la Corona!, como así parece demostrar una epístola de 1781 en la que María Antonieta describía las logias como sociedades en donde “se come mucho y se canta” (3).

Aunque de estas palabras se podría intuir que en la masonería anterior a la Revolución no se entraba para hacer política, sino más bien para experimentar los éteres de la fraternidad, del placer y de la diversión, hoy día es aceptada la influencia que sobre los sectores revolucionarios ejercieron los principios masónicos. Y es que, en el interior de las logias, “los partidarios de la Ilustración intentaron realizar la igualdad social, el ideal de humanidad y la idea de la perfección moral” (4), sin tener en cuenta, además, los privilegios estamentales. Con todo, este arquetipo nunca se presentó partidario de la subversión violenta del orden social, es decir, nunca fue revolucionario.

enemigo masonería. Jesuita Agustín Barruel

Acérrimo enemigo de la masonería, aunque fuera miembro con anterioridad, el abate jesuita Agustín Barruel, vio en la Orden a la principal instigadora y realizadora de los hechos de 1789. Fuente

 

¿De donde surgen entonces las acusaciones en contra de la Orden? Tal y como citamos al principio, las primeras acusaciones surgieron aún durante el fragor del conflicto. La más famosa de ellas, y sobre la cual se construiría el mito, fue la escrita por el abate Barruel en 1797 (5), en donde se acusó al conjunto de la Orden de sostener principios políticos revolucionarios y de trabajar en pos de la destrucción de la religión.

Pero, ¿cuanto hay de cierto en tales afirmaciones? En primer lugar cabría partir de una constatación admitida por todos los historiadores de la Orden: en el siglo XVIII los masones fueron ortodoxos en religión y leales en política. En Francia la masonería fue católica, como así lo atestiguan la presencia masiva de monjes y vicarios seculares en la Orden o la existencia de logias en algunos conventos (6). De igual modo, en los reglamentos de muchas Ordenes se dictaba como “Los reyes, los soberanos son la imagen de Dios sobre la Tierra, de tal manera que cada hermano tendrá a mucha honra ser súbdito fiel de su Príncipe” (7). No cabía, pues, duda de la ortodoxia político-religiosa de la masonería, o al menos en la formalidad. Pero, ¿cómo había de ser de otro modo en una Francia donde las asociaciones estaban proscritas y el catolicismo era la religión del estado?(8). Sin embargo, sin ser revolucionarios, los masones eran hombres de su tiempo y, por tanto, susceptibles a las tensiones y conflictos del momento. Situémonos para comprenderlo en la Francia de 1780. En esos años, la monarquía de Luis XVI se encontraba agobiada por la crisis y aquejada de recursos. Con el fin de atajar esta situación, el monarca accedió a convocar una asamblea de notables (muchos de los cuales eran masones) que dieran el visto bueno a su política financiera de igualdad fiscal para todos los estamentos franceses. Exceptuando la aprobación del duque de Luxemburgo, Gran administrador del Oriente francés, la propuesta fue rechazada por el Gran Maestre y por el resto de hermanos de la nobleza y el alto clero. Y es que, por mucho que en las logias se preconizara la fraternidad y la igualdad entre los hermanos, la perspectiva de una paridad fiscal alentó las reclamaciones de la nobleza (incluso de la masona) en pro de sus derechos y privilegios históricos. Así, lejos de formar un frente común, los masones actuaron claramente divididos. El templo en el que se habían pretendido esos ideales de libertad, igualdad y tolerancia, no colmaba ya las apetencias de muchos masones pertenecientes al tercer estado o a la aristocracia liberal, quienes entendieron que su deber en aquellos días estaba con la Revolución antes que con su Orden.

Bien mirado, los hechos no habrían de sorprender pues ¿cómo podían conformarse los burgueses iniciados con la mera igualdad formal, preconizada en la logia, cuando esta estaba llamada a desaparecer nada más franquear el umbral del templo?(9). Puesto que las logias no eran centros políticos ni de resistencia, era natural por tanto que los hermanos burgueses trataran de buscar los medios para lograr la transformación deseada en otra parte. Así, en realidad fue el “giro revolucionario” de una parte de los hermanos, y no del colectivo masón, lo que trajo consigo la instalación de estructuras diferentes y resistentes.

¿Puede sostenerse aún que los masones quisieron y prepararon colectivamente la revolución? Sería necesario adoptar una posición moderada entorno a los hechos y aceptar que si bien hubo masones entre los sectores revolucionarios, también los hubo que perdieron la cabeza en la guillotina a manos de sus propios hermanos. Por tanto, la respuesta a la cuestión planteada sólo se vislumbra en la medida que se acepte la existencia de diversas masonerías, en plural, con distintos intereses, y se rechace la unidad monolítica de una Orden que a la práctica la historia ha demostrado como utópica. Por ello seguir sosteniendo que la francmasonería, como colectivo, fue artífice de la revolución constituye un error y un mito que, si bien sigue siendo alimentado, no responde cien por cien a la realidad.


Referencias

(1) Callaey, 2010, p. 106. 

(2) Porset, 1989, p. 238

(3) Porset, 1989, p. 239

(4) Reinalter, 1990, p. 29

(5) Mémoires pour servir à l’histoire du jaobitisme, Barruel, Agustín

(6) Los estudios del investigador español Ferrer Benimeli aseguran como de los 30.000 masones existentes en la época, más del 10% eran miembros de la iglesia.

(7) Es sabido, de igual modo, que en los banquetes rituales se brindaba en primer lugar por la salud del rey, de la reina y la familia real, y que, siguiendo una tradición iniciada en 1744, se festejaban los grandes acontecimientos relacionados con la casa del monarca.

(8) Conviene destacar que la masonería ya había sido prohibida en Francia, amén de otros muchos países, con anterioridad y que el Papado había amenazado con excomunicar a aquellos que se sintieran atraídos por la institución. Un exceso de celo ortodoxo, por tanto, no estaba de más.

(9) Porset, 1989, p. 240


Bibliografía

  • Alessandro Mola, A., 2005, “Masonería y política: Una nueva cara del mito masonería-revolución.”, Studia Historica, Hª Cont., 23, pp. 103-129.
  • Callaey, Eduardo R., 2010, El mito de la revolución masónica. Ed. Nowtilus: Madrid. pp.170
  • Porset, Charles, 1989, “La Masonería y la Revolución Francesa: del mito a la realidad” en Masonería, política y sociedad, vol. 1, pp. 231-244
  • Reinalter, Helmut, 1990, “La Masonería y la Revolución Francesa” en Masonería, revolución y reacción, pp. 29-37

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