El ocio en el Siglo de Oro, sin Instagram ni Pokémon Go

Hoy en día, la gente se pasa el día conectada a Internet, comprobando a cuántas fiestas han ido sus amigos este fin de semana o viendo cuántos followers tiene Fulanito y Menganito. Otra gente, no sé si más inteligente que la anterior, prefiere ver reality shows tales como Gran Hermano o Sálvame, ocio al fin y al cabo. Algunas personas optan por jugar a Pokémon Go, o se van a conciertos a cogerse la mayor borrachera de su vida. No importa si estas prácticas populares ofrecen al ser humano cultura. El objetivo es pasárselo bien, entretenerse, disfrutar de la vida al igual que nuestros antepasados lo hacían en los siglos XVI y XVII, los siglos de Cervantes, Lope de Vega, Calderón, Quevedo y su némesis Góngora… sí, sí esos famosos escritores que el profe de literatura española alguna vez nos mencionó en el cole mientras nosotros mirábamos cómo un mosquito realizaba un vuelo alrededor de la clase.

Imagen no idealizada de Quevedo y Góngora peleando en el siglo XVII. Fuente  

En la España de los Austrias, cuando la gente acababa de trabajar, dedicaba su tiempo libre a pasearse y tomar el aire, ocio discreto y barato. En las grandes ciudades, después de comer, la clase alta paseaba en coche, no tanto a pie como la clase media-baja. Ésta se deleitaba, sencillamente, con ver el desfile que ofrecían las mujeres cuando salían a la calle todas perfiladitas, pues, si algo está claro es que no hay que perder el estilo ni por un segundo. Vamos, que lo de maquillarse y vestirse las mejores prendas un día cualquiera para conseguir la mejor impresión afuera no es algo que la gente del siglo XXI haya creado ahora. Eso ya venía de muy muy atrás, claro que sin móviles, palos de selfies o Instagram. (1)

ocio siglo oro

Ejemplo de trajes de época. Fuente

Sin embargo, ¡ojo!, no todo era pasear. Si algo destaca en el Siglo de Oro son los juegos. Pero, ¿cuáles? Aunque pueda parecer difícil de creer, nosotros mismos, desde que somos niños, hemos jugado a muchos de ellos. Carreras de sacos, saltar la mula, lanzar canicas, lanzar la peonza, saltar a la comba, jugar a la rayuela o a la gallinita ciega son algunos de ellos. Sin embargo, los juegos que resultaron ser un vicio o que arruinaron a personajes ilustres como Lope de Vega no fueron los anteriores. Hubo una preferencia importante por los juegos de azar, que no eran muy bien vistos por los críticos de la época, pues, muchas veces, para ganar había que engañar y, además, sacaba de la gente lo peor: la avaricia, la codicia y la maldad. En lugares como las tabernas, los mesones o las casas de conversación, el hombre español del Siglo de Oro se recreaba jugando a los naipes, es decir, a las cartas. Estos se convirtieron en un fenómeno social, una de las formas de ocio más populares. La gente jugaba por todos lados, ¡incluso en los cementerios! ¿Os lo podéis creer? Por eso, la práctica masiva de estos juegos de ocio movilizó a la justicia y se empezaron a hacer algunas prohibiciones. Y si os parece difícil de entender la afición a estos juegos pensemos en el casino, en el blackjack o en el póker. La gente va a lo que va: a ganar. ¿Quién quiere perder? Pues, nadie. Por eso, había muchas trampas. Por ejemplo, se usaban los dientes o las uñas para marcar las cartas y así tener ventaja. Más popular fue el engaño de las cartas iguales, es decir, se llevaban cartas “comodín” bajo la ropa para usarlas cuando fuese necesario.

Por otra parte, tenemos los juegos de mesa, o sea, los dados, las damas, la oca… y el ajedrez. ¿Os suenan? Seguramente sí. Esta forma de ocio fue aprobada por los críticos de la época y eran considerados más “nobles”. Pero fue el ajedrez el juego que destacó por encima de los demás. A los príncipes y nobles se les recomendaba jugar porque demostraba (y mejoraba) su habilidad táctica en la guerra y el ingenio. Pero no os voy a engañar: el ajedrez no es un juego nuevo en el Siglo de Oro; se había venido practicando desde la Antigüedad.

El actor Joaquín Furriel, encarnando a Segismundo, personaje de La vida es sueño, de Calderón. Fuente

Sin embargo, lo que realmente marcó el Siglo de Oro en España, y el ocio, especialmente desde finales del siglo XVI y durante todo el siglo XVII, fue el teatro. Con Lope de Vega se representaron muchas comedias en los corrales. Pero, ojo al dato, con comedias no queremos decir que fuesen de risa. En realidad, el término “comedia” en el español del Siglo de Oro significaba drama. Y entonces, os preguntaréis, ¿por qué la gente quería ir? Bueno, los escritores tenían sus métodos para hacer reír al espectador. Un personaje constante en las comedias áureas es el gracioso, al que le solía ocurrir de todo, el que hacía las bromas, el que servía como contrapeso de lo real y creaba, en ocasiones, mentirijillas que llevaban al enredo como en las telenovelas de hoy en día. En el lado opuesto estaba el héroe o galán, ese personaje que hacía suspirar a las mujeres quienes, probablemente, se imaginaban tener una historia semejante a la de la comedia: encarnar papeles diferentes al que tenían en la vida. Y es que el teatro áureo se caracteriza por ser un reflejo, un espejo. La gente se miraba en él creyendo tener alguna posibilidad en la vida, aunque con poca esperanza pues sabían que cuando abandonasen el teatro la realidad sería la misma. En medio de una crisis socioeconómica y política el pueblo español ansiaba distraerse. No podía esperar a que fuese el fin de semana o Corpus Christie para ir al teatro. Ademas éste era el lugar al que los hombres iban a ver a mujeres en algo parecido a nuestros leggins. Espera, ¿has dicho leggins, lo que se olvida de llevar Miley Cyrius en los conciertos? Pues sí, no estáis soñando. Normalmente las mujeres llevaban vestidos muy pomposos del estilo de la época, que cubrían toda la figura e impedían ver nada. Pero, en ocasiones, había un personaje masculino que estaba caracterizado por una mujer y ésta se vestía con leggins como los hombres solían hacer. Aunque todo podía parecer una fiesta y un descontrol, he de aclarar que en cada comedia había algo de didactismo. El rey, que era un asiduo espectador, solía aparecer como autoridad máxima que solucionaba los problemas. Además, el escritor tenía que ser capaz de deleitar a todas las clases sociales: a la clase sin cultura con sencillez, acción y algo de humor; a la clase con cultura con guiños al espectador, introduciendo algo de complejidad para que no se aburriese. Porque si la obra teatral era aburrida, había una sección cerca del palco reservada para los mosqueteros, el mayor temor del escritor: ellos podían silbar o lanzar tomates al escenario, y parar la representación. (2)

Como vemos, nuestra actualidad no es tan lejana del pasado. Las opciones que los españoles de los siglos XVI y XVII tenían para entretenerse o bien perviven en el aquí y ahora, o bien evolucionaron con el tiempo. Si algo hay que tener claro de esta época es que el pueblo español era un pueblo alegre, aficionado a los espectáculos y a las fiestas. Hubo mucha crisis, pero eso no significó estar en casa todo el día esperando a ver cómo anochecía y amanecía otra vez para ir al trabajo. Si hay algo inherente al ser humano es disfrutar de la vida.


Referencias

(1) Es una costumbre diaria. Sin embargo, la clase alta podía permitirse algún tipo de ocio más, algunos nobles únicamente se recreaban: vivían para comer, dormir y divertirse.

(2) El pasado más inmediato del teatro es espectáculo que los juglares hacían en las calles. En el Siglo de Oro se continuaba usando las calles pero el teatro áureo se representaba en corrales de comedias que no eran sino patios interiores de casas. El teatro áureo español solía tener mucha audiencia en fechas especiales tales como el Corpus Christie. Casi todo el mundo podía acudir y pagar su entrada. Sin embargo, el teatro se disponía de diversas partes que permitían mantener las clases sociales apartadas. Al fondo del corral se sitúa la cazuela, a donde accedían las mujeres del pueblo; no había un control de número de personas que podían entrar en esta parte del corral. Había un hombre, llamado el “apretador”, quien empujaba a la gente hacia dentro. A los lados superiores del corral estaban los aposentos, ocupados por la gente principal; desde aquí la gente más importante podía ver la pieza teatral a través de celosías. En el centro, los espectadores más modestos podían sentarse o quedarse de pie durante la representación. En los laterales del patio estaban las gradas para los comerciantes y, en frente de las tablas, los bancos para los mosqueteros y la gente culta. Por último, había un espacio llamado alojería donde la gente podía comprar comida y bebida. Cada representación teatral se solía componer de tres actos y podía ir acompañada de loas (al inicio del espectáculo), entremeses (después del primer acto), otro entremés o bailes (después del segundo acto), y jácaras (al final del espectáculo, tras el tercer acto).


Bibliografía

  • Arellano Ayuso, I., 1995, Historia del teatro español del siglo XVII, Cátedra, Madrid.
  • García García, B. J., 1999, El ocio en la España del Siglo de Oro, Akal, Madrid.
  • Hiesse, J., 1995, Vida teatral en el Siglo de Oro, Taurus, Madrid.
  • Huerta Calvo, J., 2003, Historia del teatro español. I: de la Edad Media a los Siglo de Oro, Gredos, Madrid.
  • Llagostea, E., 2001, “El ocio en la Antigüedad: juegos del mundo”, Espacio, Tiempo y Forma, Serie II Historia Antigua, 24, pp. 305-330.
  • Maravall, J. A., 1975, La cultura del Barroco, Ariel, Madrid.
  • Pareja, F. M., “Ajedrez. Bosquejo histórico, con especial atención a la Península Ibérica”, B.A.E.O., vol. XX, pp. 5-23.
  • Zorita Bayón, M., 2010, Breve historia del Siglo de Oro, Nowtilus, Madrid.

Uxía Aneiros Fernández

Soy graduada en lengua y literatura españolas por la Universidad de Santiago de Compostela. Amante de la literatura, la filosofía, la historia y de los idiomas. Me encanta vivir, no lo niego. Mi actual propósito es conocer cada montaña del mundo corriendo y escalando.

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