¿Existieron las princesas Disney?

Típica historia de princesas Disney:

Hace mucho tiempo, en un país muy lejano, vivía una princesa a la que habían encerrado en una torre. Un día aparecieron unos apuestos príncipes de reinos lejanos, con armaduras y espadas brillantes, que habían dejado sus castillos para venir a rescatarla. Aunque algunos no consiguieron pasar las pruebas, finalmente, uno de ellos llegó hasta la princesa; la sacó de la vieja torre a lomos de su corcel blanco y la llevó al palacio de su padre. Como recompensa, el rey les regaló un castillo, rodeado de aldeas y de bosques en el que vivieron felices para siempre jamás.

Princesas

Princesas Disney en la cola del INEM. Montaje propio

El trabajo de princesa de cuento no es nada fácil. Los requisitos son tan costosos, que apenas nadie puede permitirse un príncipe a lomos de un corcel portando armas fabulosas, una torre para encerrar a la princesa, un palacio donde el rey espera, un castillo de dote… Y sin tener en cuenta que esto ha de repetirse con montones de princesas, que tienen cada una varios príncipes que las pretenden, con sus castillos, sus palacios y sus aldeas. Una completa locura con lo cara que esta la vida hoy en día.

Y sin embargo, esto es lo que nos vende constantemente Disney en sus películas animadas. ¿De dónde sacamos tanto príncipe y tanta princesa? Parece claro que no de la Península Ibérica, donde a lo sumo en la Edad Media encontramos 14 o 15 reinos, en manos de tres o cuatro reyes. Hasta para imaginarlos, los costes se  disparan, los territorios escasean y a mí, al menos, no me acaban saliendo las cuentas…

¡Mamá, mamá! ¿De dónde vienen las princesas? ¿De París?

Las princesas de Disney no son, sin embargo, una cosa nueva (todo lo nuevo que pueda ser Disney, que nació hace ya 115 años), sino que este bebe de otras fuentes anteriores; vamos, que Disney “se inspiró” de algunas obras previas, como los cuentos de Andersen, Perrault o los Hermanos Grimm. De estos últimos son, en origen, algunas de las más populares princesas prototipo como Blancanieves (1), la Bella Durmiente o Rapunzel (la chica esta que tardaría una semana en lavarse el pelo).  De modo que, los inventores del asunto de las princesas son, entre otros, los Hermanos Grimm…

¿Quiénes son estos señores y, más importante aún, por qué la cuestión de las princesas? Simplemente dos hermanos alemanes, de finales del siglo XVIII (2), escritores de conocidos cuentos como El Gato con botas  o  Hänsel y Gretel, además de las princesas de antes, y de otras cosas como un enorme diccionario alemán ¡de más de 30 volúmenes!, cosa por otra parte normal con palabras tan largas. En cualquier caso escritores, que se vieron afectados por la corriente romántica alemana de su tiempo.(3) El romanticismo alemán, como la mayoría de estas corrientes en todos los países, aparece como forma de unificación de los estados liberales y capitalistas que empiezan a aparecer en toda Europa occidental tras los “problemillas” posteriores a la Revolución francesa (4), y la pérdida de confianza en los viejos sistemas monárquicos. Ante la caída de los reyes, que mantenían en su persona la unidad del reino, nuevas formas de mantener la unidad nacional se hacían necesarias; en definitiva, “a rey muerto, rey puesto”. Los mitos clásicos y medievales, que representaran las grandezas del pasado, se presentaban entonces como idea unificadora de los pueblos, en este caso del alemán;(5) y falta les hacía, porque la actual Alemania era entonces un caos tan absoluto como hoy las fronteras de Europa.  Así las cosas, los románticos alemanes, en su afán por dotar de sentido a la Historia del pueblo alemán, no tuvieron más que desempolvar los viejos libros de mitología clásica, que se vendían como churros por entonces porque la literatura no estaba muy desarrollada (quizá fuese mejor así, porque actualmente los best seller tienen cada vez autorías más deprimentes); y que buscar a los más ancianos del pueblo para que les contaran historias por las tardes en el bar, trabajo de campo lo llamaban.

En realidad, no sabemos si escribieron lo que les habían contado, lo que demostraría que la gente de su época era bastante crédula o, si más bien, adornaron las historias para dar más emoción al asunto. En cualquier caso, ahora sabemos cómo era la realidad medieval que inspiró, de mejor o peor manera, los cuentos de estos escritores.

Cuando los políticos se atrincheran en el ayuntamiento

Cuando el Imperio romano de occidente cae, a finales del siglo V d.n.e., las situación en el oeste del continente se complica; donde los romanos mantenían las cosas “ordenaditas”, aparecen unos bárbaros que no acaban de comprender como funciona el sistema y que confunden los cargos públicos con las propiedades privadas (sospechosamente como algunos de los políticos actuales). Así que, aquel que por encargo del rey, gobernaba políticamente una zona, se convertía en noble y la recibía en propiedad junto a un buen número de derechos señoriales, a cambio de lealtad y ayuda al rey (cosa que viene muy bien cuando estas todo el día de pelea con unos y otros y te invade a la mínima el reino vecino).

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El Sacro Imperio en el siglo XV. Fuente

En la zona de las actuales Francia y Alemania, que nos interesa aquí, se crea un reino (el posterior Imperio carolingio), que dura hasta el siglo IX d.n.e., cuando el Emperador lo reparte entre sus hijos, como si tal cosa. Además, aparecen por entonces unos grupos de nórdicos, más bárbaros si cabe, entre los que destacan los famosos vikingos, que “arman la de Dios” y saquean a diestro y siniestro cuanto pillan. Ante el peligro y sin un poder central fuerte para defender el reino y mantener a raya a los nobles, estos comienzan a construir castillos a lo loco (para proteger a los campesinos decían).(6) Aunque ya construidos, se adecuan un poco para que viva el señor, se construyen un par de torres y se fortifica todo de piedra; y una vez dentro, el noble le dice al rey: “tenemos que hablar, esto ya no funciona, no me siento valorado y quiero más derechos”, obviamente el rey se niega, a lo que le responden con un simple “pues entra y me lo cuentas”; guerras arriba y abajo y, cuando decenas de señores se ofuscan, no queda más remedio que ceder, hasta que el reino queda divido en montones de pequeños territorios prácticamente autónomos. (7)

“Maletines, sobres B y bolsas de basura en palacio…” La necesidad de apoyos para ser emperador

Pero dijimos antes que había por ahí un Imperio y un título imperial, que servía de poco, pero que siguió rodando de aquí para allí, recayendo tras el reparto en el heredero de la parte “alemana” del Imperio y después en su hijo. Aquí es cuando la historia se tuerce, ya que aparece un conflicto entre el heredero y sus hermanos, que no habían recibido herencia, como era costumbre, y tenían un “rebote” peculiar. En medio de la guerra, los nobles y sus castillos se empiezan a posicionar y acaban por derrocar al Emperador y nombrar a su sobrino; desde entonces el poder de los nobles se hace tan fuerte, que los más poderosos de ellos serán encargados de elegir al nuevo emperador, haciéndose llamar príncipes electores. Entre el resto de los nobles, aquellos con autonomía en sus territorios (grandes o pequeños), fueron llamados también príncipes, como cabeza primera de su territorio autónomo, aunque integrante del gran Sacro Imperio Romano, cuyo emperador se elegía de entre los príncipes electores y por éstos (8). Encontramos que en pleno siglo XIII d.n.e. los príncipes ya sumaban 90 eclesiásticos y 16 laicos (entre condes palatinos y duques), para el siglo XV d.n.e ya serían 40 los laicos (9) y en el XVI entre unos y otros casi 400 (10); y es que las continuas luchas y los matrimonios cambiaban constantemente las fronteras de los principados, como en los reinos castellanos ocurría con los condes y marqueses, que no eran sin embargo príncipes, al estar más limitados por el poder real. A lo que hay que añadir los movimientos del derecho elector, que cambiaban a veces de una a otra casa, por cuestiones políticas o de dinero (11).

Su gran cantidad y manejo de los recursos de su zona, hacían que en realidad los príncipes fuesen los verdaderos dueños del poder (12); aunque parece que no les bastaba con su gran peso financiero, político y jurídico (13) puesto que aprovechan las coyunturas de las guerras para obtener mayores poderes del Emperador, como el derecho a elegir la confesionalidad de su principado (14), una locura en un Imperio Católico (luego salen las cosas como salen) .

De esta forma los principados cambian constantemente, y la corona imperial va de aquí para allá hasta la disolución del Imperio en el siglo XIX d.n.e., cuando las tropas napoleónicas invaden buena parte de Europa y los integrantes del Sacro Imperio crean la Confederación Germánica, que unificaría Alemania a lo largo del siglo; tiempo que coincide, como decíamos al principio, con el romanticismo alemán, que ya sabemos que razones tenía para sacar a la luz las cosas de su pasado.

Muchos de los títulos principescos no se perdieron, pues el nuevo Imperio Alemán del Kaiser Guillermo I mantenía algunas de los antiguos principados, aunque ninguno tenía poder real. De nuevo simplemente, apariencias.

Así pues, los reinos y principados cayeron y aunque las princesas mantuvieron en muchos casos sus títulos, las duras condiciones de paro, las obligaron a ser princesas del Burguer King, obtener sus coronas del roscón de reyes, buscar a sus “apuestos” príncipes en Telecinco o ser “princesa del pueblo”. ¡¿Me entiendes?!


Referencias

(1) Una muestra de la relación entre la obra de Disney y la de los hermanos Grimm en: Sánchez , 2014, pp. 110-125.

(2) Jacob y Wilhelm, mitólogo y etnógrafo el primero, y compilador de leyendas y fábulas y poeta, el segundo. Salmerón, 2015, p. 250

(3) Salmerón, 2015, p. 252

(4) Gimber, 2008, p. 14

(5) Tomamos aquí alemán como referencia a los habitantes de los territorios de la Alemania actual.

(6) Fourquin, 1977, p. 110.

(7) Fourquin, 1977, p. 126

(8) Ejemplos de estos nombres en: Kuhn, C., 2012

(9) Fourquin, 1977, pp. 127-128

(10) En el siglo XVI sumaban: 6 electores, 50 eclesiásticos, 32 seglares, 77 prelados, 100 condes y 87 ciudades.  Lanzinnez, 2001, p. 80

(11) Como ejemplo el caso de la casa Wittelsbach  en el siglo XVII. Luttenerger, 2001, p. 109

(12) Como ejemplo, el Príncipe Mauricio de Sajonia tiene una constante correspondencia con buena parte de los dirigentes europeos, como muestran los 4 volúmenes de recopilación de sus cartas existentes. Strohmeyer, 2001.

(13) Luttenerger, 2001, p. 95.

(14) Lanzinnez, 2001, p. 66.

(15) 4 reinos, 6 grandes ducados, 5 ducados, 7 principados, tres ciudades de la Hansa y 1 territorio imperial.


Bibliografía

  • Fourquin, G., 1977, Señorío y feudalismo en la edad media, Colección Edaf Universitaria, Madrid.
  • Gimber, A., 2008, “Mito y mitología en el romanticismo alemán”, Amaltea: revista de mitocrítica, nº 0, pp. 13-24.
  • Kuhn, C., 2012, “Comunicación del honor como comunicación  política. EL emperador, los príncipes y la ciudad imperial de Augsburgo durante la rebelión de los príncipes protestantes en 1552”, Edad Media. Rev. Hist., 13, pp. 163-181.
  • Lanzinnez, M., 2001, Imperio y territorios imperiales bajo Fernando I (1556 – 156) y Maximiliano II, Stud, his. Hª mod., 23, pp. 55-87.
  • Luttenerger, A., 2001, “Imperio y teritorios imperiales durante el gobierno de Rodolfo II (1576-1612) y Matías (1612-1619)”, Stud. His. Hª mod., 23, pp.89-148.
  • Salmerón Infante, M., 2015, “Símbolo y forma: los hermanos Grimm en Richard Wagner”,  Castilla. Estudios de LiteraturaK, vol. 6, pp. 250-268.
  • Sánchez Hernández, T., 2014, “De los Grimm a Disney. Un estudio narratológico de la adaptación de Blancanieves”, Con A de animación, nº4, pp. 110-125.
  • Strohmeyer, A., 2001, “El sacro imperio bajo carlos V (1519-1556)”,  Stud. His. Historia Moderna, 23, pp. 25-54.

José Antonio Aranda García

Graduado en Geografía e Historia en la Universidad de Jaén y Máster en Historia y Ciencias de la Antigüedad en la Universidad Complutense y la Universidad Autónoma de Madrid. Humilde historiador y ávido consumidor de aprendizaje; editor de este gran proyecto. Interesado en la historia social y las historia de las religiones; donde se encuentran razón y sentimiento del individuo.

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