El terrorífico pero alegre médico de la peste

¿Quiénes eran realmente los médicos de la peste? Pues unas personas muy majas y, sobre todo, valientes, que se atrevían a tratar a los enfermos de peste. Señores cuyos rostros se esconden bajo esa máscara terrorífica que parece un pico de pájaro. Bajo esa imagen oscura y tenebrosa que tanta “grimita” produce actualmente, se escondía un heroico fin: curar de la peste o, por lo menos, intentarlo.

El personaje más siniestro de la Edad Media… ¡Una rata!

Pero, ¿qué pasó exactamente con esto de la peste? El brote surgió en el siglo XIII en Asia oriental, después llegó a la colonia genovesa de Caffa (en la actual Feodosia, Rusia) y cuando los genoveses huyeron la llevaron a Italia, extendiéndose por toda Europa. Los niveles de población cayeron en picado, sobre todo en ciudades italianas como Florencia, donde según Bocaccio:

“los florentinos desayunaban con sus parientes y cenaban con sus antepasados” (1).

Mapa de la evolución de la peste en Europa. Fuente

Aunque se creía que se contagiaba por el aire, la culpable de todo es una bacteria en la pulga de la rata, animal que por aquel entonces campaba a sus anchas en barcos y ciudades. La bacteria de la peste, “preciosérrima” como ella sola, y cuyo cualquier parecido con un gusanito rodeado por tela de araña es pura coincidencia, llegaba a la sangre a través de la picadura de la pulga. Y si te picaba, existían tres posibilidades, dos de ellas eran morir. La primera era tener la peste bubónica, con la que había posibilidades de sobrevivir. La segunda era la peste negra, llamada así porque la piel se ponía negra debido a la infección. Y la tercera era la peste neumónica, que sí se contagiaba por el aire, así que si alguien te tosía cerca, al día siguiente estabas tieso (2).

Montado en el dólar mientras te mantuvieses vivo: el médico de la peste…

bacteria peste

La bacteria de la peste, una monada. Fuente

Y aquí entra en acción nuestro querido amigo el médico. Durante la epidemia del siglo XIV, los médicos de la peste solían ser gente con estudios (en medicina) que no había alcanzado el nivel profesional que esperaban y se ofrecían para este trabajo. Eso sí, las condiciones laborales debían ser muy ventajosas, ya que el riesgo al que se enfrentaban era muy alto. Del caso italiano se conservan contratos de doctores de distintas ciudades como Volterra, Pratp y Turín, que abarcan desde el siglo XV al siglo XVII.

El archivo de Pavía conserva documentos de uno los contratos más antiguos, se trata del de Giovanni Ventura que firma como médico de la ciudad en 1479 (3). En ese contrato vemos que su trabajo contaba con unas condiciones que ríete tú de la crisis medieval:

  1. – Salario mensual de 30 florines. Teniendo en cuenta que un trabajador podía llegar a duras penas a los 60 al año, y que la mayoría de profesores de universidad ganaba menos de 200 al año… era un buen sueldo.
  2. – Dos meses de sueldo por adelantado.
  3. – Casa gratis o con alquiler bajo.
  4. – Dos meses más de salario una vez acabado el contrato.
  5. – Concesión de la ciudadanía.

Pero claro, hay que ver el trabajo que tenía. El médico debía visitar a los enfermos cuantas veces fuera necesario, de día, de noche, o a la hora de la merienda. No tenía descanso el hombre. Además, estaba en “cuarentena” continua mientras durara la epidemia. No trataba con nadie, era un completo solitario.

Consejos médicos…

Nostradamus también fue médico de la peste. Algunos de los consejos que daba para superar la enfermedad eran aire fresco, agua limpia y, sobre todo, nada de sangrías (sacar sangre para hacer limpieza, nada que ver con tomarse una bebida fresquita al sol). Es curioso el tema del agua y el baño porque “el agua tenía mala fama en la Europa cristiana. Salvo en el bautismo, el agua se evitaba porque daba placer y porque invitaba al pecado”. (4)

En la epidemia de Londres de 1665, tras la huida masiva de gente, uno de los pocos doctores que se quedaron ayudando fue John Watson (no, no era el amigo de Sherlock Holmes). Como se creía que se contagiaba por el aire, Watson aconsejaba a sus pacientes llenar la casa de flores y especias para mejorar la calidad del ambiente. En sus tratamientos usaba polvos de hueso, serpientes, sapos y corteza de árbol. Otro consejo que daba, suponemos que ya como una ayudita extra, era rezar y que el Señor tuviera piedad (5). Vamos, que te podías dar por muerto.

Un diseño universal, el “uniforme” de los médicos de la peste

médico peste

El médico que podías encontrarte en cualquier ciudad. Fuente

Aunque la comunidad de médicos de la peste existía desde el inicio de la epidemia del siglo XIV (6), el atuendo que nosotros tenemos en mente no fue inventado hasta el siglo XVII. Muy probablemente, la máscara formaba parte de su vestimenta desde el principio. Para evitar inhalar los vapores de los cuerpos en descomposición, en la máscara se colocaban hierbas aromáticas (como ajo, romero o menta) y paja, que filtraban el aire que se respiraba. (7) Muy histriónica, pero podríamos comparar esta máscara con las mascarillas que se usan actualmente. Al fin y al cabo, la finalidad era no contagiarse.

Fue en 1619 cuando Charles de L’Orme inventó esta vestimenta. A partir de entonces este fue el uniforme oficial de los doctores de la peste. De L’Orme fue médico-jefe de Luis XIII. Su idea para el traje de doctor se componía de una máscara con nariz en forma de pico de pájaro donde se guardaban hierbas aromáticas (tal como se venía haciendo), con dos agujeros próximos a las fosas nasales y lentes sobre los ojos. El sombrero, abrigo, pantalones, botas y guantes era todo de piel. También llevaba un bastón que servía para examinar a los enfermos sin necesidad de acercarse. Muy útil, ¿quién quiere tener al lado a un apestado?

El recuerdo vivo de los médicos de la peste

Hoy en día, el recuerdo del médico de la peste tiene dos caras: una, la de personaje siniestro y tétrico; y otra, la del carnaval de Venecia que lo ha convertido en uno de los disfraces más populares. Curiosamente, Venecia fue uno de los lugares más castigados por la enfermedad. A lo mejor por eso ahora se visten de médicos de la peste con tanta alegría. Porque, como se suele decir, a mal tiempo… ponte una máscara de pájaro.


Referencias

(1) Galeano, 2010, p. 84.

(2) Blanco, 988, p. 30.

(3) Cipolla, 1977, p. 66.

(4) (sigue)  “En los tribunales de la Santa Inquisición, bañarse con frecuencia era prueba de herejía de Mahoma. Cuando el cristianismo se impuso en España como verdad única, la Corona mandó arrasar los muchos baños públicos que los musulmanes habían dejado, por ser fuentes de perdición.” Galeano, 2010, pp. 84-85.

(5) Storring, 1998, p. 16.

(6) En Italia se constituyeron en el siglo XII, con la idea de dar tratamiento y cuidado médico gratis a los pobres. Cipolla, p. 68.

(7) VV.AA, 2002.


Bibliografía

  • Blanco, A., 1988, La peste negra, Anaya, Madrid.
  • Cipolla, C., 1977, A plague doctor, en The Medieval City, Yale University Press.
  • Galeano, E., 2010, Espejos: una historia casi universal, Siglo XXI, México.
  • Storring, R., 1998, A doctor’s life: a visual history of doctors and nurses through the ages, Dutton Juvenile, Nueva York.
  • VV.AA, 2002, “Il Lazzaretto Novo. Costumi e personaggi”, ArcheoVenezia, año XII, nº 1-4.

Eva Vera

Licenciada en Historia y Teoría del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid y la Università di Pisa. Mi especialidad es el Renacimiento italiano.

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